SECCIONES

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Actitud ante el comienzo del curso

Los comienzos de curso siempre son momentos de nervios y de incertidumbre por lo que se avecina, por no saber qué nos depara la nueva aventura en la escuela. Sin embargo, lo que marcará el inicio del recorrido y el cómo nos sentimos y lo vivimos será nuestra actitud.



La actitud es la forma de actuar de una persona, el comportamiento que empleamos para hacer las cosas, pero también puede considerarse como cierta forma de motivación social que impulsa y orienta la acción hacia determinados objetivos y metas. Por lo tanto, el cómo se empezará a desarrollar el curso dependerá de hacia qué fin orientemos nuestras acciones y comportamiento que antes que maestros somos personas. Por tanto, no hablaremos de actitud docente, sino de actitud personal, que posteriormente influirá de forma inconsciente sobre dicha actitud docente. Nuestro fin como educadores es lograr el bienestar, el equilibrio, la armonía, la felicidad y el éxito en el grupo-clase, y para ello se hace imprescindible integrar en nuestro comportamiento personal en el aula determinadas actitudes que favorecen la consecución del fin. Algunas de ellas son esenciales, clave, básicas, justamente las siguientes:

- Actitud proactiva. La primera, la fundamental, puesto que se un docente proactivo implica que asumimos el total control de nuestra conducta de forma activa, lo que implica tomar la iniciativa en el desarrollo de acciones creativas para generar mejoras. Es, en definitiva, asumir la responsabilidad de hacer que las cosas sucedan, decidir en cada momento lo que queremos hacer y cómo lo vamos a hacer. Al contrario que los maestros reactivos, cuya actitud se ve totalmente afectada por el ambiente y dependen de las circunstancias que se dan en el contexto, los proactivos se mueven por valores meditados y seleccionados: pueden pasar muchas cosas en el entorno pero ellos son dueños de cómo quieren reaccionar. Energía totalmente positiva.


- Actitud limpia. Probablemente una de las actitudes más complicadas. Para poder iniciar una nueva aventura educativa es necesario llegar limpios en cuanto a prejuicios y presuposiciones. Olvidar las etiquetas, especialmente con los alumnos y las familias, y confiar en su potencial y sus capacidades sin que anteriores experiencias negativas nos afecten en demasía. El pasado sirve para aprender, para reflexionar, pero no para condicionarnos constantemente como docentes.

- Actitud ilusionada y motivante. ¿Qué hacemos en la vida si no hay ilusión? ¿Sin motivación? ¿Qué será de nosotros, pobres maestros? Tener y conservar la ilusión y la motivación en la labor docente todo el curso es a veces una hazaña, sin embargo, nuestros esfuerzos deben centrarse en ello porque... ¡es posible! Concienciémonos de que los primeros y mayores beneficiados de esa ilusión y ganas de hacer, junto a nosotros, serán nuestros niños. Convivir con docentes ilusionados y motivados es felicidad para ellos, es seguridad, es motivación y, por supuesto, también ilusión, puesto que por el conocido efecto espejo, un maestro ilusionado es probable que ilusione a sus alumnos, igual que un maestro que va rendido al aula acabará desmotivándoles a todos y cada uno de ellos. La motivación es la gasolina del cerebro, y el cerebro es el centro del procesamiento de los aprendizajes. La ilusión es, además, una gasolina extra a la de la motivación, y creando un ambiente con ambas gasolinas la armonía, el rodaje para aprender y el buen hacer del grupo durante el curso no será un sueño inalcanzable, sino una realidad visible a nuestros sentidos.

- Actitud madura. Íntimamente ligada a la actitud limpia. Decíamos que el pasado sirve para aprender, y cuando aprendemos maduramos. A pesar de que cada año tiene su propia historia (cambios de centro, de nivel, de alumnos, de compañeros...), las experiencias del curso pasado hemos de tomarlas como objetos de reflexión y análisis para nuestra autocrítica y autoaprendizaje en esa constante búsqueda del idealismo educativo que nos motiva a perfeccionarnos y mejorar el yo docente. Nos condiciona, sí, pero en la medida que aprendemos de las acciones poco acertadas en un contexto determinado, sin embargo cuando cambia el contexto los resultados no necesariamente serán los mismos. Por consiguiente, trataremos de madurar con lo vivido para seguir puliendo nuestro modo de ser y estar en la profesión, pues todas las nuevas experiencias nos enriquecen y nos modifican no nuestra esencia (casi inalterable), sino nuestras actitudes, y cada cambio y vivencia ha de pensarse como una oportunidad de crecimiento personal y profesional de cara al futuro, es decir, esta nueva aventura que comienza.

- Actitud creativa e innovadora. Enfrentarnos a una nueva aventura en la escuela implica encender nuestra creatividad y capacidad innovadora. Ya nos lo dice Hanoch Piven en este vídeo, la creatividad es esencial para la vida, y no solo hemos de procurarla desarrollar en los niños sino también en nosotros mismos como docentes. En El blog de Salvaroj dicen que una educación basada en el pensamiento creativo es mucho más motivadora para los estudiantes (y debería serlo también para los profesores) ya que les permite poner en juego capacidades como la imaginación y la originalidad, y posibilita satisfacer continuamente su impulso por descubrir cosas nuevas, su curiosidad.
En definitiva, un profesor y unos alumnos sin creatividad están condenados al aburrimiento en su aula. ¡Y no queremos eso! Hemos de encontrar nuevas formas de hacer y actuar en la dinámica de la escuela, con los niños, ante las situaciones a las que nos vamos enfrentando, ya que si deseamos resultados diferentes no podemos hacer siempre lo mismo. Repetir y repetir lo que desde hace siglos ponemos en práctica, no. Eso no ilusiona, no motiva, no nos hace felices. La alegría de descubrir solo se nos brindará mediante una actitud creativa e innovadora.


Como recalcaba al principio, a pesar de que hemos nombrado actitudes centradas hacia labor docente, realmente estas son propias de la vida misma. Y si como personas humanas las desarrollamos en el día a día fuera de las escuelas, más fácilmente podremos ponerlas en práctica en ellas. Tendremos alumnos más felices, y si son felices, ¡todo podemos lograr con ellos! 

Se que en estos tiempos a muchos maestros esto se les hace cuesta arriba por las circunstancias educativas que estamos viviendo en el país. Sin embargo, los que tenemos la maravillosa oportunidad de estar a pie de aula junto a los pequeños somos nosotros, no el ministro de educación. Y ya este es motivo suficiente para querer poner en marcha las cinco actitudes de las que hemos hablado anteriormente, ¿verdad?.

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