SECCIONES

jueves, 2 de mayo de 2013

Recuerdos

Y así se titula el relato corto que escribí para un concurso sobre la vida universitaria, y hoy lo comparto por aquí. ¡Espero que disfruten tanto como yo cuando lo escribí!



RECUERDOS


Me podía hacer una idea de lo que me esperaba ese sábado.

Lo había estado imaginando desde cuatro años atrás, cada vez con más detalle, más
precisión, más realismo, hasta el momento en que me di cuenta de que solo faltaban unas semanas para que ese momento llegara. Y ahí estaba, en un abrir y cerrar de ojos. Ya era el día.

Iba recordando con nerviosismo todas y cada una de las cosas que había hecho semanas atrás para prepararlo y que todo estuviera listo, al mínimo detalle, para una tarde perfecta: cuándo me tocaría salir, cómo me colocaría, a quién saludaría, quiénes irían a verme, si me dejaba el pelo al natural y cuál sería la indumentaria para la ocasión, a pesar de que, como bien me enseñaron hace muchos años y yo me preocupé de incluir en mi filosofía de vida, las personas dejamos huellas por nuestro interior, por nuestra forma de ser, y no por el vestido que uno lleva el día de su orla de fin de carrera. Aun así, reconozco que me costó horrores decidirme por uno, principalmente porque, en cuestión de seleccionar un vestuario elegante pero sin sobrepasarse, siempre había tenido unos gustos difíciles de encontrar. O difíciles de pagar. Eso sí, el pelo sin duda fue decisión fugaz: iba a llevarlo suelto, natural, tal cual había sido durante los últimos cuatro años, puesto que mi principal objetivo para ese día era ser yo, y con ello, incluir todas esas peculiaridades físicas que me podrían distinguir como quien soy. Nunca entendí ese afán por ''transformarse'' ese día de arriba a abajo: que si uñas postizas, que si pedicura francesa, que si recogido de última moda, que si maquillaje corrector con base iluminadora, que si labios rojos, que si colorete brillante rosado, y todo ello teniendo que emplear toda una mañana en una peluquería. Hasta un punto podía entenderlo, pero sin ir más allá de lo que para mí son los límites razonables del maquillaje y la estética natural.

El Peugeot 207 ya daba señales de que el trayecto había terminado. Esta vez condujo mi padre, pues por sus insistentes peticiones y el ferviente apoyo que recibió de mi madre cuando meses atrás se le ocurrió esa maravillosa idea, me pedía que le concediera el honor de ser mi peculiar chófer aquel día...y no me quedó otro remedio que aceptar. Me produjo una sensación muy extraña estar sentada en ese coche, mi coche, ese día, puesto que iba a ser el último viaje que haría conmigo
como universitaria. Cinco días a la semana soportaba las colas mañaneras y el estrés de la circulación por la ciudad; cinco días a la semana me llevaba y traía de mi casa hasta la facultad, y cinco días a la semana estaba ahí, esperándome en el garaje, después de que en segundo año de carrera consiguiera al fin mi carnet de conducir, dejando a un lado las prisas por llegar a tiempo a la estación y que mi guagua no se hubiera marchado sin mí, como obviamente me ocurrió varias veces.

El primer día que fui a la universidad en mi querido Peugeot, o Peugi, como
cariñosamente empecé a llamarle, sentí una sensación de liberación inmensa, a pesar de que era consciente de que el problema ahora sería encontrar aparcamiento donde poderlo estacionar con el suficiente espacio para evitar roces propios de una novel al volante, y con maniobras relativamente rápidas con las que pudiera bajarme de él cuanto antes e ir volando al aula y rezar para que alguna silla para zurdos estuviera libre. Como todo coche, algún día que otro Peugi tuvo que quedarse en
casa y la servidora tuvo que volver al trepidante mundo del transporte público, aun así, supo estar a mi lado, especialmente esos días de exámenes finales en los que inconscientemente agarraba su volante con una fuerza que acababa creándome contracturas en el cuello.


Alguien, de repente, desde fuera del vehículo, golpeó el cristal. ‘’¿Te vas a quedar ahí?’’, pude leer en los labios de mi madre. Me apresuré a bajarme del coche, con cuidado, asegurándome de que llevaba todo lo necesario y no dejaba nada atrás, ‘’ahora no se trata de revisar si llevo el pendrive conmigo’’, pensé, aunque, no sé si por casualidad o costumbre, lo llevaba en el pequeño bolso que elegí para ese día especial.
Al llegar al auditorio tuve que tragar y respirar hondo, ¿cómo podía haber tanta gente? Eso impresiona, ya seas o no una persona vergonzosa. Preferí no imaginar cómo iba a ser mi momento, así que me dispuse a buscar a mis compañeros. Los encontré rápidamente, pues se encontraban casi en las primeras filas, charlando alegremente con la que habíamos elegido como madrina de la orla, una de esas profesoras que nunca olvidas. Fue una decisión casi unánime y que no requirió de
reflexiones, votaciones, debates y demás técnicas usadas cuando no existe un acuerdo entre un grupo. Es más, creo que, desde que nos dio clase en el primer curso, cuando éramos los novatos, todos ya teníamos en nuestra mente la idea de que acudiera con esa distinción a la orla que en ese año veíamos lejana.
Miré disimuladamente el reloj de un señor que pasó a mi lado y todo mi cuerpo sufrió un leve estremecimiento: era la hora. En dos minutos iba a empezar el acto, así que me senté en la butaca que sabía que me correspondía, cerré los ojos e intenté relajarme. La presentación fue muy rápida, o eso fue lo que sentimos todos los que en ese momentos éramos presa de los nervios lógicos de un momento así. Cuando menos lo esperaba, ya se había comenzado a anunciar la entrega de orlas. Éramos dos grupos, yo tenía que esperar al segundo, y para evitar el aumento de cosquilleos en el estómago, intenté distraerme fijándome lo más detalladamente posible en cada persona que subía al escenario y dejando la mente y mis pensamientos en blanco.

Sin embargo, mis oídos de repente escucharon cómo se anunciaba al grupo B, al segundo grupo, ¡a mi propio grupo! Ni siquiera me percaté de ello cuando los compañeros del primer grupo bajaban del escenario. Pero lo importante es que yo era la quinta en salir. Tener un apellido que empieza por la letra a en momentos como este te ponía en un aprieto: habrías de relajarte lo antes posible, lo máximo posible. Y mientras me convencía de ello, escuché mi nombre por el altavoz, retumbando por todo el auditorio.

Me puse en pie, con firmeza, y caminé. Subí al escenario, mirando al frente, intentando mostrar una expresión serena, sonriendo por la mezcla de emociones del momento. Me sentía orgullosa, feliz, a la vez nostálgica, y mil más que se acumularon en mi estómago formando una pelota tensa que involuntariamente me contraía los músculos abdominales. Cada paso me acercaba más al momento exacto en el que se consumaría mi paso por la universidad, lo que iba a suponer la consolidación definitiva del término de una de las etapas estudiantiles más satisfactorias de mi vida. Y cuando por fin me encontraba a escasos centímetros mi cerebro ordenó a mis músculos del brazo izquierdo que se extendieran suavemente, tensos pero sin temblor, para recibir en mi mano uno de los tesoros más preciados que he guardado: la orla y el título que me certificaba como Graduada en Educación Infantil. Aunque por un instante pensé haberme quedado bloqueada, intenté asimilar la situación lo más rápidamente posible mientras daba las gracias desde el corazón a los docentes y
cargos de la universidad que nos acompañaban ese sábado, dirigiendo mis pasos hacia el lugar que me correspondía al tiempo que los altavoces ya anunciaban el nombre de mi próximo compañero orlado. Me mantuve varios segundos observando la escena para poder registrarla en lo más profundo de mi mente y que perdurara más allá de los años; agaché la cabeza levemente y recordé, con sorpresa, lo que sostenía en mis manos...


Dicen que cuando te encuentras en una situación en la que temes seriamente por tu vida se suceden en tu mente todas las imágenes de tu vida como si de una película se tratase. Y justamente eso fue lo que, de pronto, empezó a suceder en mi cabeza. Los recuerdos de mi paso por la universidad se iban apareciendo en mi mente, uno a uno...

La presentación. El primer y último día de clase. La primera semana y última semana. Las primeras y últimas emociones y sensaciones, los primeros y últimos compañeros y profesores, los primeros y últimos cafés, las primeras y últimas visitas a la biblioteca...Todo.
Recordé las bienvenidas en el primer curso, y posteriores. Antiguos alumnos nos llenaban de consejos y advertencias, ofreciéndonos siempre una visión optimista que nos llenaba de ganas y voluntad para seguir adelante con el proyecto que habíamos elegido como lo era cursar una carrera, así como los profesores, uno a uno, nos daban explicaban sus respectivos proyectos docentes y, por encima de todo, nos daban los ánimos necesarios para no tirar la toalla.
Recordé con ello los trabajos en grupo, los quebraderos de cabeza que nos daban por
nuestra voluntad de hacerlo lo mejor posible, dando todo y más de nosotros para sentirnos orgullosos de nuestro recorrido por cada asignatura, cada cuatrimestre, cada año. Eran momentos críticos llenos de intercambio y enriquecimiento que te hacían sentir más conectada que nunca a los que te rodeaban, formando no solo una clase, sino un equipo. Y la querida biblioteca, donde aprendimos cómo se distribuían los libros y cómo buscarlos, esos que nos salvaron la vida en muchísimos trabajos grupales en los que internet no daba respuesta a lo que necesitábamos, pero ella sí,
siempre, a pesar de que algún que otro despiste nos hiciera devolver el libro prestado con un poco de retraso.
Llegaban después los exámenes y con ello la necesidad imperiosa de asistir a tutorías para asegurarte de que llevabas todo acorde a lo que se exigía para superar cada materia, a pesar de las tediosas dudas que cada tarde en la biblioteca te asaltaban fruto de la inseguridad y nerviosismo que producía la gran incertidumbre de qué se preguntaría en el examen, confiando en tus posibilidades y eliminando de la mente todo pensamiento distorsionado que dificultara la llegada a la meta como lo fue el pesimismo al que me ví sometida en tercer curso cuando sentí que la carrera podía conmigo y me superaba. Afortunadamente, conseguí salir a flote, como todos mis compañeros, gracias al apoyo mutuo que nos brindábamos y la atención que recibimos de nuestros profesores más queridos que, junto a los ‘’compis’’, estuvieron ahí siempre para arreglarnos las alas cuando nuestro vuelo parecía que caía en picado.
Permanecer días enteros en la facultad empezó a resultar agradable, puesto que al fin y al cabo eran días de compartir, de ser uno mismo, de experimentar plenamente el ambiente que se respira en la universidad, de recorrer cada rincón, de escanear e imprimir apuntes para luego estudiar junto a los demás puesto que descubriste que la unión hace la fuerza, de conocer cómo eran el resto de carreras y sus peculiaridades, de sentirte responsable de ti mismo y de tus decisiones, de probar los ricos menús con los que te sorprendía la cafetería, el mejor lugar de encuentro, cada semana... En definitiva, de involucrarte y dejarte la piel en vivir y aprender eso que te apasionaba cuya motivación era la que te movía a estar ahí siempre. Al final, después de todo, echar la vista atrás te hacía darte cuenta de que todas y cada una de las experiencias vividas habían hecho de ti una mejor persona con un nivel de madurez muy superior al que, el primer día de clase de hacía cuatro años, alcanzábamos.

Sentí una palmadita en el hombro, ¡lo hemos conseguido!, me dijo uno de mis compañeros de clase al que le tenía mucho aprecio.
Reaccioné después de aquel lapsus de recuerdos y pude escuchar el final del discurso que nuestra madrina había preparado...’’justo aquí se acaba este camino y cerramos una puerta que nos ha abierto mil más. Ojalá que la vida les devuelva todo lo
bueno que le han dado, y que empiecen a escribir con su mejor letra un nuevo capítulo donde pongan en práctica todos los aprendizajes, tanto a nivel académico, como profesional y personal, que la carrera les ha ofrecido. Eso sí, prométanme por favor que siempre llevarán en sus corazones estos cuatro años de sus vidas en los que han experimentado plenamente lo entrañable y especial que es la vida universitaria''.

Y ví como absolutamente todo el auditorio se ponía en pie con el rostro iluminado por el orgullo para aplaudir enérgicamente a los recién orlados.

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